Catolicismo Reformado

Como un número creciente de personas en las iglesias reformadas, yo no comencé mi vida cristiana en ellas. Comencé mi vida cristiana en un entorno evangélico bautista (del sur). Como parte de mi iniciación en esa cultura, se me dio una explicación de por qué existen otros enfoques para leer las Escrituras, más allá de los que veía y experimentaba en mi círculo evangélico bautista. Por ejemplo, se me dijo que los católicos romanos bautizaban a los infantes, pero que eso era puramente por tradición. La nuestra, se me dijo, era la práctica bíblica. Sin embargo, cuando supe que había protestantes que bautizaban a los infantes, eso resultó más difícil de explicar. Ellos también profesaban seguir las Escrituras como su autoridad principal. En esos casos se me dio una doble explicación. Algunos de ellos, por ejemplo, los presbiterianos de la línea principal (PCUSA), según se me dijo, son liberales y, por tanto, al igual que los romanistas, no se adhieren realmente a las Escrituras. Bautizan a los infantes más por sentimentalismo que por convicción. Los otros todavía están bajo la influencia del romanismo. En su Reforma, no progresaron lo suficiente.

Recientemente, una comentarista en el HB [el blog del Dr. Clark] planteó este último caso y explicó que se le ha enseñado la afirmación de que Calvino continuó practicando el bautismo infantil porque fue incapaz de apartarse de la tradición romana. Consideremos esto.

El contexto de Calvino

Juan Calvino (1509-1564) nació en Noyon, Picardía. Fue criado y educado en la comunión romana. Cabe argumentar que Lutero no alcanzó nada parecido a su posición protestante madura hasta 1521, cuando desafió al Imperio y a Roma sobre la base de la autoridad única, definitiva y exclusiva de las Escrituras (sola Scriptura) frente a la autoridad eclesiástica y la tradición. Naturalmente, su teología continuó desarrollándose y no fue sino hasta 1525 cuando alcanzó su plena madurez. En ese año publicó una de sus obras más significativas, De servo arbitrio. En esta obra se observan muchos de los grandes temas que resonarían durante el resto de su carrera y más allá. En 1525, Calvino tenía apenas 16 años. Para ese momento, según los estándares tardomodernos, habría estado extraordinariamente bien educado. Habría tenido varios años de instrucción en latín y sus lecturas asignadas desconcertarían a la mayoría de los estudiantes universitarios de hoy, pero no sería sino 11 años después cuando publicaría su primera obra como teólogo protestante, la primera edición de la Institución de la religión cristiana. No obstante, tenía solo 27 años cuando la publicó.

Calvino era, por naturaleza, un hombre verdaderamente conservador y cauteloso. Se encontró con la enseñanza de la Reforma, y particularmente con los escritos de Lutero, cuando estaba en la universidad. Se sintió intrigado, pero cauteloso. Según relató más tarde, estaba inusualmente apegado al romanismo y era obstinado. Esto podría apoyar la tesis de que Calvino estaba indebidamente influenciado por la tradición romana y era incapaz de apartarse de ella, pero en realidad apoya la conclusión opuesta. Significa que no rechazó el romanismo precipitadamente. Lo rechazó solo después de una seria consideración.

Una razón por la que abandonó Roma fue su participación en el movimiento del Renacimiento humanista. Humanismo, en este contexto, no se refiere a un movimiento anticristiano. En los siglos XV y XVI se refería a un movimiento liderado en gran parte por cristianos para recuperar las Escrituras en sus lenguas originales y leerlas en su contexto original. Calvino era un estudiante de derecho a quien se le había enseñado a apartarse de los resúmenes tradicionales del derecho civil y a volver a las fuentes originales (ad fontes). Según su propio testimonio, cuando se encontró con los protestantes y cuando releyó las Escrituras, en su lengua y contexto originales, a la luz de lo que los protestantes estaban diciendo, comenzó a ver las cosas de manera muy diferente. No era un mero tradicionalista. Tenía respeto por la tradición, pero para Calvino las fuentes, especialmente las Sagradas Escrituras, eran superiores a la tradición e incluso a las autoridades eclesiásticas romanas. Su formación humanista le enseñó a leer textos y argumentos críticamente, a preguntarse si una interpretación era correcta, si concordaba con el texto original leído en su contexto original. Aplicó esos mismos métodos a su estudio de las Escrituras.

Después de leer a Lutero y a otros escritores protestantes (o «evangélicos»), así como humanistas (muchos de los cuales permanecieron en la comunión romana), y a los Padres de la Iglesia primitiva (especialmente Agustín, pero también Crisóstomo), y después de releer las Escrituras, concluyó que, así como los humanistas habían dado una mejor explicación de la historia del derecho, los textos clásicos y la intención original de las fuentes originales, leídas a la luz de su contexto original, así también los protestantes tenían razón acerca de las Escrituras. Se dio cuenta de que la posición medieval y romana de consenso (aunque todavía no dogmática) sobre la salvación no era correcta: no somos salvados por la infusión de una sustancia medicinal (gratia) y por la cooperación con esa sustancia. Más bien, se dio cuenta de que, leídas en su propio contexto, en sus propios términos, según la intención de los autores humanos originales y del Autor divino detrás de todos los autores humanos y operando dentro de ellos —el Espíritu Santo mismo—, las Escrituras no concordaban con la Iglesia medieval ni con la enseñanza romana del siglo XVI en varios puntos.

El punto en cuestión

La afirmación de que Calvino (y otros reformadores) continuaron enseñando el bautismo infantil porque permanecían indebidamente influenciados por la enseñanza romana descansa sobre un supuesto no declarado: que la única razón por la que uno podría bautizar infantes es por la tradición romana (o quizás por sentimentalismo), que de ningún modo puede ser una convicción impulsada por las Escrituras mismas. Este es un supuesto injustificado.

Es cierto que, tanto para Calvino como para Lutero, la tradición de la Iglesia tenía peso. Eran evangélicos en un sentido más antiguo de la palabra: eran «pregoneros del Evangelio» (gospellers), como los llamó Tyndale. Sin embargo, no eran evangélicos modernos. No asumían que la Iglesia había comenzado apenas unos pocos años antes de su experiencia. Muchos evangélicos contemporáneos asumen más o menos que la Iglesia no entendió realmente las cosas correctamente hasta el siglo XIX, que la mayor parte de la historia de la Iglesia (excepto quizás fragmentos de la Reforma) fue un gigantesco error desde el siglo II hasta el XIX, que debe ponerse entre paréntesis y considerarse como fuente de diversión. Por el contrario, los reformadores veían toda la historia de la Iglesia como su historia, como historia familiar. Llegaron a disentir de algunas cosas que habían ocurrido en su historia familiar, pero les impresionaba que, hasta donde sabían, la comprensión universal de las Escrituras era que los creyentes y sus hijos debían recibir la señal de admisión visible a la comunidad del pacto. Ese consenso, sin embargo, no era definitivo para ellos. Rechazaron el amplio consenso medieval en varios temas. Claramente estaban preparados para rechazar posiciones anteriores cuando no eran bíblicas.

Fueron las Escrituras, no la tradición, lo que los llevó a sostener el bautismo infantil. Ambos [Lutero y Calvino] dieron conferencias sobre Génesis y quedaron impresionados por la continuidad entre la manera en que Dios trató con Abraham y la manera en que habla el Nuevo Testamento. Hicieron una distinción que muchos evangélicos bautistas no hacen: entendieron que Abraham y Moisés tenían lugares diferentes en la historia de la redención. Ambos estaban totalmente comprometidos con la autoridad única, definitiva y exclusiva de la Palabra de Dios.

La Sola Scriptura

Recuérdese que muchos de los anabautistas del período no aceptaban la sola Scriptura. Uno de los principales líderes anabautistas de la década de 1520, Thomas Müntzer, se burlaba de los protestantes confesionales (por ejemplo, Lutero, Calvino y Zuinglio) por su dependencia de las Escrituras como Palabra de Dios. Müntzer y otros eran más parecidos a los pentecostales de hoy, quienes afirmaban tener revelación continua y extrabíblica. De hecho, Müntzer posiblemente anticipó la doctrina de Karl Barth de que las Escrituras solo llegan a ser Palabra de Dios para nosotros en un encuentro existencial. En otras palabras, los protestantes confesionales, a diferencia de los anabautistas, tenían una doctrina más elevada de las Escrituras y estaban totalmente dispuestos a seguirlas adondequiera que condujeran. Que los anabautistas y posteriormente los movimientos bautistas rechazaran su manera de leer las Escrituras (hermenéutica) y su comprensión de la historia redentora (por ejemplo, la continuidad del pacto abrahámico) no los convierte en esclavos de la tradición medieval.

Ulrico Zuinglio (1484-1531) fue confrontado directamente por los anabautistas en Zúrich sobre esta misma cuestión. Admitió que, por un tiempo, estuvo tentado por el argumento anabautista: que la discontinuidad entre el Antiguo Testamento (en sentido amplio) y el Nuevo es tan grande, y el Nuevo Pacto es tan escatológico (celestial), que ya no es posible incluir a los infantes en el pueblo visible de Dios; que en el Nuevo Pacto solo aquellos que hacen profesión de fe pueden ser considerados miembros del pueblo del pacto; y que el bautismo es solo para quienes hacen profesión de fe. Sin embargo, rechazó esa posición, no porque estuviera indebidamente influenciado por Roma ni porque (como algunos bautistas me han sugerido) estuviera preocupado por caer en desgracia ante las autoridades civiles, sino porque estaba convencido por las Escrituras de que hay un solo pacto de gracia instituido por Dios con una variedad de administraciones. Llegó a convencerse por las Escrituras de que los creyentes están en el mismo pacto de gracia que Abraham y que, así como Dios había prometido ser Dios para Abraham y para sus hijos, así también ha prometido a los creyentes y a sus hijos en el Nuevo Pacto.

Es una respuesta tentadora y fácil pensar que la razón por la que todos los reformadores y las iglesias protestantes confesionales discreparon de los anabautistas y de los evangélicos bautistas modernos sobre el bautismo es que todavía estaban indebidamente influenciados por el romanismo, pero esa respuesta simplemente no da cuenta de la historia real de la Reforma. No da cuenta de sus propias vidas, escritos y ministerio.

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Este artículo ha sido traducido con permiso y fue publicado originalmente por el Dr. Scott Clark en el sitio web: Heidelblog.net. Le invitamos a conocer los libros que ha escrito el Dr. Clark aquí. 1Los subtítulos no hacen parte del artículo original, se publica así para hacer la lectura más fácil.

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    Los subtítulos no hacen parte del artículo original, se publica así para hacer la lectura más fácil.

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