Nuestra iglesia está a rebosar de bebés en este momento. La mayoría de los padres de nuestra iglesia que tienen hijos pequeños son paidobautistas, pero algunos siguen siendo antipaidobautistas. Aun así, los recibimos como miembros, y no solo los amamos, sino que nos encanta cómo aman y crían a sus hijos, aunque los padres sean incoherentes.
La cuestión del paidobautismo a veces se desvía cuando pasan a primer plano ciertos puntos de interpretación, como los bautismos de familias enteras o lo que quiso decir Pedro en Hechos 2:39. No son temas sin importancia, pero, para mí, el argumento más fuerte a favor del paidobautismo es «la imposibilidad de lo contrario».
El año pasado visité Australia y hablé en el encuentro de familias de una iglesia bautista encantadora. Bastantes miembros, que sabían que yo era presbiteriano, me preguntaron por qué bautizo a los bebés. Me centré en un solo argumento: no sabría cómo criar a mis hijos si no estuvieran bautizados.
Me explico.
Supongamos que un domingo, después del culto, veo al pequeño Johnny y al pequeño Richie, los dos de cuatro años, jugando con una pelota afuera, en el césped. Y el pequeño Johnny, enojado, tira al suelo de un empujón al pequeño Richie, porque Richie juega demasiado bien con la pelota y Johnny no logra acercarse a él. La frustración de Johnny se vuelve pecado y quebranta el sexto mandamiento en su trato con Richie (véase el Catecismo Mayor de Westminster, pregunta 136).
Caso: los padres de Johnny son paidobautistas; los de Richie son bautistas.
Los padres de Johnny le preguntan si fue malo con Richie y él, con lágrimas en los ojos, dice: «Sí, lo tiré al suelo porque no podía quitarle la pelota». Entonces le dicen a Johnny: «Tienes que pedirle perdón a Richie». Johnny le dice a Richie: «Perdóname, por favor». Richie le dice: «No pasa nada, te perdono».
Luego viene la oración. Se invoca a Dios, el Dios que perdona a los pecadores. Johnny ora a Dios: «Perdóname, por favor, por haber empujado a Richie».
La pregunta es esta: ¿se le ha perdonado a Johnny el daño que le hizo a Richie, o también se le ha perdonado su culpa ante Dios?
¿Podemos decirle a Johnny que Richie lo ha perdonado y, lo que es más importante, que Dios lo ha perdonado?
Porque, a mi modo de ver, si a Johnny se le va a ofrecer lo mayor (es decir, el perdón de lo alto), ¿cómo no va a recibir también la señal visible de ese perdón (es decir, el bautismo)? Como persona bautizada, Johnny vive conforme a la realidad de su bautismo cuando invoca a Dios para pedirle perdón en circunstancias concretas.
Los padres cristianos parecen dispuestos a conceder el perdón a sus hijos cuando se arrepienten, pero hay que preguntarse: ¿es coherente ese perdón concedido con nuestra teología sobre los niños?
En el caso que acabo de describir, ¿qué pasaría si se invirtieran los papeles y el niño «bautista» pidiera perdón a Dios, además de a su amigo? ¿Qué pasaría si el niño «bautista» orara pidiendo perdón? ¿Puede un padre antipaidobautista asegurarle a Richie que Dios le ha perdonado el pecado y, a la vez, negarle la señal visible de esa realidad? ¿Se puede ofrecer lo mayor y negar lo menor?
Los paidobautistas criamos a nuestros hijos con una teología que nos permite darles la seguridad de que sus pecados están perdonados cuando se arrepienten ante Dios. Hay coherencia entre su identidad (hijos de Dios) y su práctica (arrepentimiento y perdón).
Cuando Johnny sigue jugando afuera, no lleva sobre la cabeza la nube de culpa de un arrepentimiento que no puede demostrarse genuino hasta que él sea mayor.
Ver a un niño pedir perdón y no ofrecerle el perdón es imposible (y cruel). El paidobautismo descansa en la imposibilidad de lo contrario: no tendríamos ni idea de cómo criar a nuestros hijos si no pudiéramos ofrecerles el perdón de Dios después de que pecan. No somos agnósticos reformados.
Que una familia bautista le diga a su hijo que está perdonado, pero que también le diga «no puedes tener la señal de ese perdón», es una incoherencia grave. Ustedes, familias bautistas, ofrecen la realidad, pero no la señal de esa realidad. En cierto sentido, elevan la señal a algo mayor que lo significado.
O quizá son ustedes coherentes: el pequeño Richie peca contra Johnny, y solo pueden esperar que se perdone el daño del pecado de Richie, pero no están en condiciones de decirle a Richie que Dios le perdona la culpa de su pecado… no hasta que sea mayor… porque, al fin y al cabo, el reino de Dios es de los mayores que pueden demostrar que su fe es real.
Al final, el debate sobre si se debe bautizar a los hijos de los creyentes toca lo más fundamental de nuestra vida: ¿puede un niño vivir ante Dios sabiendo que sus pecados están perdonados, o vive durante mucho tiempo en un terreno de incertidumbre, una especie de purgatorio reformado?
La próxima vez que peque un niño de cuatro años, piense si la respuesta que usted da y la del niño tienen sentido para un pagano. En el fondo, se reducen a esto:
—Papá, ¿estoy perdonado?
—Sí, todo aquel que pide, recibe.
—Entonces, ¿por qué no tengo la señal de ese perdón?
—Porque todavía no podemos estar seguros de que tu fe y tu arrepentimiento sean genuinos.
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Este artículo ha sido traducido con permiso y fue publicado originalmente por el Dr. Mark Jones. Le invitamos a conocer sus libros aquí. 1Los enlaces que redirigen a este sitio web no son parte del artículo original.2La imagen usada en el artículo es un detalle de «Die Taufe» (El bautismo, 1864), cuadro de Albert Anker, de dominio público, vía Wikimedia Commons.
- 1Los enlaces que redirigen a este sitio web no son parte del artículo original.
- 2La imagen usada en el artículo es un detalle de «Die Taufe» (El bautismo, 1864), cuadro de Albert Anker, de dominio público, vía Wikimedia Commons.


