Algunos protestantes modernos han entendido sola scriptura como un llamado a excluir la tradición —en ocasiones, incluso los credos ecuménicos— de toda consideración al formular la doctrina cristiana. Sin embargo, el examen del pensamiento de los reformadores y de sus sucesores de finales del siglo xvi y del siglo xvii apunta en una dirección diferente. Como indicó Heiko Oberman, es un error entender el conflicto de la Reforma como una batalla entre los defensores de la «Escritura sola» y los defensores de la «Escritura y la Tradición».
Tanto en la Reforma temprana como en el desarrollo posterior del pensamiento protestante, la Escritura como norma última de la doctrina —principio que más tarde se resumiría a menudo bajo la rúbrica sola scriptura— no constituyó un mandato para separar el protestantismo de la tradición histórica del cristianismo. La doctrina sí suponía un retorno a las enseñanzas de la Escritura y la eliminación de adherencias que habían transformado y, a juicio de los reformadores, distorsionado tanto la doctrina como la práctica. Pero no implicaba perder el vínculo con las verdades del cristianismo tal como se habían expuesto en épocas anteriores de la Iglesia.
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