Durante la última década, uno de los ámbitos de mayor crecimiento dentro de la iglesia ha sido el de la consejería bíblica. En el mercado teológico se ofrecen diversos modelos: algunos están claramente impregnados de psicología secular; otros se fundan, de manera más consciente y deliberada en principios bíblicos. No dispongo del tiempo ni del espacio, ni tampoco tengo interés para criticar y evaluar el contenido sustantivo de estos diversos enfoques. Lo que me interesa en este momento es el fenómeno mismo de la consejería.
Los orígenes
Cabe sostener que los orígenes de la consejería bíblica se remontan al siglo XVII, cuando teólogos católicos romanos y protestantes publicaron libros de casos de conciencia. Estas obras abordaban cuestiones morales concretas, «¿Debo apostar?», «¿Es legítimo asociarme en un negocio con alguien que no es cristiano?», «¿Puedo prestar dinero a interés?», etc. Además, ofrecían respuestas fundamentadas en la Biblia. En otras palabras, tomaban principios bíblicos generales y procuraban aplicarlos a situaciones particulares.
Ese principio básico sigue vigente hoy. Aunque muchas de las preguntas concretas han cambiado —«¿Debo afilar mi espada un domingo?» no constituye una preocupación apremiante para la mayoría de los cristianos actuales—, la idea fundamental sigue siendo la misma: cada cristiano afronta problemas particulares, y la consejería procura atenderlos mediante la aplicación de principios bíblicos. Hasta aquí, todo bien.
Lo que me intriga, sin embargo, es la auténtica explosión de interés que se ha producido en este campo durante los últimos años. Tal interés suscita en mi mente dos preguntas: ¿es esta fascinación actual de los cristianos por la consejería un mero reflejo de las prioridades del mundo circundante, revestidas de un lenguaje cristiano? ¿Y qué revela acerca de la naturaleza de la Iglesia?
El énfasis de la Palabra de Dios
No tengo tiempo para abordar aquí la primera pregunta; baste con decir que sospecho que no admite una respuesta sencilla. Además, está íntimamente relacionada con la manera en que se responda a la segunda. Resulta significativo que la Escritura diga muy poco acerca de esa aplicación individual de la Palabra que caracteriza a la consejería bíblica. Por el contrario, el énfasis del Nuevo Testamento —y, en realidad, también el del Antiguo— recae en la Palabra de Dios, que viene al pueblo en su conjunto y obra en toda la comunidad de creyentes.
Cuando Pablo predica en Hechos, se dirige a contextos concretos; pero no formula aplicaciones particularizadas para cada uno de sus oyentes ni, por lo general, para los diversos subgrupos que pueden distinguirse dentro de las multitudes que lo escuchan. Lo mismo puede decirse de sus cartas, aunque hacia el final aplica con frecuencia lo expuesto a grupos concretos —viudas, jóvenes, etc.— e incluso, en ocasiones, a personas determinadas —Evodia y Síntique, por ejemplo—. No obstante, el núcleo de su ministerio y la inmensa mayoría de las afirmaciones contenidas en sus cartas se concentran en exponer la Palabra de Dios en los términos más generales y gloriosos.
Pablo parece confiar en que la Palabra encontrará por sí misma su aplicación cuando se la predique. La razón es que aquello que proclama no constituye mera información, sino la palabra misma que Dios pronuncia, la cual transforma cuanto toca. Por eso, no necesita acumular ejemplos concretos sobre la manera en que la Palabra debe aplicarse a determinadas personas o situaciones. Esta es también una de las razones por las que cuanto dice conserva una vigencia perenne: no envejece ni pierde su fuerza cuando desaparece la generación a la que se dirigió originalmente.
¿Una crisis de confianza en la Palabra de Dios?
Todo esto me lleva a formular una pregunta evidente: ¿indican el auge de la consejería bíblica y el aumento del número de consejeros bíblicos una crisis de confianza no solo en el púlpito, sino también en la capacidad de la Palabra de Dios para cumplir su propósito? Ahora bien, no se me malinterprete: no estoy afirmando que no haya lugar para la consejería ni para los grupos pequeños. Pero, sin duda, si el patrón bíblico refleja una vida eclesial saludable, el 95 por ciento de los problemas que se tratan mediante la consejería deberían abordarse y resolverse, en realidad, mediante la simple proclamación de la perenne Palabra de Dios. ¿No será acaso que menos personas necesitarían consejería si más personas escucharan con oración lo que sus pastores les enseñan desde el púlpito cada domingo por la mañana?
La próxima vez que considere que necesita consejería, pregúntese: ¿se debe esta necesidad a circunstancias excepcionales e imprevistas que exigen una sabiduría y una sensibilidad singulares, las cuales solo pueden hallarse en una conversación personal con otro cristiano? ¿O he metido la pata porque durante todos estos meses no he prestado atención a lo que el pastor ha estado predicando?
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Este artículo fue publicado por primera vez en the Monthly Record of the Free Church of Scotland, May 2009. Y republicado en New Horizons bajo el título The Therapy of the Word. Todos los enlaces internos del artículo que redirigen a este sitio web no hacen parte del artículo original.

